Amanece sobre la cámara de gas en la que trabajo
el sol atraviesa los despachos de cristal de la gente a la que me subordino
he aprendido más, en cinco minutos, de la conversación con un mendigo
que, en tres años, de las órdenes de mis directivos
puedo notar la horma de sus brazaletes alemanes,
ocultos bajo las mangas de sus americanas
cuando cierro los ojos veo un exprimidor acercándose a mi barriga
pulpa de zumo de hombre

anochece sobre la cámara de gas en la que trabajo
las letras verdes taconean ahí arriba, marciales, ante la noche




